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La edad como desventaja profesional

El Confidencial. Opinión: Apuntes de Liderazgo

Alguien me contó una curiosa teoría sobre la percepción que tenemos las personas acerca del paso del tiempo, en función de nuestra edad. A medida que cumplimos años -yo acabo de hacerlo- nos parece que el tiempo va pasando más rápido. La causa, me decían, es que cada día va siendo una porción cada vez más pequeña respecto al total de lo vivido, o sea, es una cuestión proporcional. Tiene su lógica.

El paso del tiempo ha sido objeto de teorías científicas y filosóficas de lo más variopintas a lo largo de la historia. Decía Freud que en el inconsciente no pasa el tiempo, somos nosotros los que pasamos en él, según la fecha de nacimiento que nos asigna el Registro Civil. Lo cuenta el filósofo francés Pascal Bruckner en su excelente ensayo “Un instante eterno. Filosofía de la longevidad”, que debería ser libro de cabecera para mayores de cincuenta.

En realidad, el paso del tiempo es una sensación personal e interior que está íntimamente relacionada con aquello a lo que nos dedicamos, más que con nuestra edad. Quienes disfrutan con una actividad profesional que les produce plenitud ven cómo el tiempo vuela mientras se sienten útiles, capaces y motivados con lo que hacen. Por eso les aterra pensar en esa espada de Damocles que es la edad, responsable a menudo de cortar prematuramente el idilio y la vinculación con una ocupación que proporciona sentido a sus vidas.

La edad como desventaja competitiva profesional es un prejuicio bastante extendido. La acumulación de conocimientos y experiencia es un tesoro que el mercado valora y retribuye -no recuerdo quién decía aquello de “me encantaría tener veinte años menos, pero sabiendo lo que sé ahora”-. Pero llega un momento en que determinada edad comienza a cotizar a la baja, muchas veces antes de lo que sería razonable, por distintos motivos.

Hay quien lo atribuye a la necesidad de sustituir lo aprendido por cosas nuevas y diferentes, al convertirse ese bagaje que tanto ha costado adquirir en una rémora. Los expertos insisten en que hay que sacar del cerebro los conocimientos y los “tics” cómodamente asentados, para dejar espacio a lo nuevo. El desaprendizaje consciente -que no es lo mismo que el olvido- consiste en eliminar el saber obsoleto, como condición sine qua non para introducir lo nuevo, que hay que estar dispuesto a aprender poniendo los medios y esfuerzos para ello. Y hay quien parte de la base de que desaprender y aprender son procesos que se dificultan con los años, incluso teniendo intactas las capacidades cognitivas.

Luego está el asunto del empuje y la energía, que se cuestiona de forma tan injusta como generalizada a partir de determinada edad, antes siquiera de comprobarlo. Mi experiencia al respecto dice que la principal fuente de energía de las personas es la motivación, que depende de unos cuantos factores que influyen en ella, y que son independientes de la edad.

Pero, además, el trabajo puede tener múltiples fórmulas, más allá del empleo convencional por cuenta ajena. Mis amigos de la Fundación Mashumano, a cuyo patronato pertenezco, usan un término muy gráfico para lo que quiero decir: “trabajabilidad”. Se trata de ayudar a las personas que lo tienen más difícil, en muchos casos por su edad, a adquirir nuevos conocimientos -como los digitales-, a ser conscientes de que existen otras formas de trabajar, de prestar algún servicio, ser útiles y productivos y recibir algo a cambio. Y eso no pasa solamente por ser empleado en el concepto tradicional.    

A medida que cumplimos años la mayor felicidad consiste en sentir intactas las propias capacidades, y para ello hay que seguir poniéndolas en práctica, como dice Bruckner, “cultivar tus pasiones, no abandonar nunca ningún placer ni ninguna curiosidad, lanzarse a retos imposibles, continuar hasta el último día amando, trabajando, viajando, permanecer abierto al mundo y a los demás”.

La experiencia y la sabiduría que deben traer consigo los años son una de las grandes ventajas de cumplirlos. El mayor conocimiento de uno mismo, la prudencia y la ponderación, el “nada en exceso” que decían los griegos en Delfos, el hecho de aceptarse, de sentirse a gusto con lo que somos y hemos conseguido hasta el momento…hay tantos motivos por los que celebrar el transcurso de nuestro peregrinar en esta vida.

La madurez tiene un valor y la juventud otro diferente, ambos necesarios en cualquier sociedad u organización humana, y es absurdo ponerlos a competir porque son complementarios. La madurez hay que llevarla con naturalidad, con la belleza de lo auténtico y no de lo impostado. La batalla encarnizada contra el paso del tiempo es un esfuerzo vano, como esas fórmulas anti-edad que intentan vender la ilusión de ser quien no somos.

Sobre este asunto escuché una frase que me encanta y a la que me he referido en un artículo anterior: “envejecemos cuando el peso de nuestros recuerdos es mayor que el de nuestros proyectos”. Y eso no depende de la edad biológica, sino de la actitud de cada cual ante la vida. ¡Feliz cumpleaños!